UNA INFECCIÓN, UNA PÁGINA Y PATRICIA HIGHSMITH

En este post iba a hablar de la trama, pero soy de la opinión de que contar una novela de intriga es como tomarte un chupito de tequila sin sal, le quitas la gracia al momento. Así que mejor me callo, pero creo que desde aquel empujón interno que sufrí en la playa mi subconsciente se puso a trabajar y, sin yo saberlo, estaba mezclando los recuerdos de todas las novelas de Agatha Christie que me leí en la adolescencia con mi propia imaginación y estilo, porque la historia me salió rodada.

No tengo ni idea de cómo lo hacia ella, pero yo empecé por el final, tenía muy claro cómo iba a terminar y a partir de ahí fui tejiendo la narración. Y aunque antes de empezar a escribir ya lo tenía todo hilado, también es verdad que algunos giros se me fueron ocurriendo «sobre la marcha».

Cuando ya lo tenía acabado, empezó el proceso más complicado: reescribir. Yo le di la vuelta a la novela y prácticamente, a partir de más o menos la mitad, cambié casi todos los capítulos.

Con un primer borrador bastante decente, en el que yo había intentado que pasasen muchas cosas y que la lectura fuese ágil y entretenida, y en el que había puesto mi alma y mi razón, se lo enseñé a tres lectores: dos eran amigos y la otra era Carmen, una catedrática de literatura.

Ya sé que tres opiniones no son suficientes, pero por algún sitio tenía que empezar y casi nadie sabía que escribía.

Sus comentarios me llenaron de entusiasmo. Pura me decía: «Eugenia, me encanta. Estoy enganchadísima». Carmen me aseguró que se sentía completamente atrapada y que, además de gustarle la trama, la novela era muy cervantina; con eso no se refería a que yo escribiese como Cervantes sino a que era muy original, y que me daba un sobresaliente por las prosopografías y etopeyas… Os ahorro mirar en el diccionario: la primera se refiere a la descripción física de los personajes, la otra a la descripción psicológica.

Pero yo no estaba completamente satisfecha. Primero, porque tres personas no son suficientes para un sondeo de mercado y segundo, porque algo me chirriaba, sabía que algo fallaba.

Agatha Christie
Agatha Christie

La infección

Tenía que asistir a un congreso en Las Vegas, ciudad a la que recomiendo ir una vez en la vida porque es francamente curiosa, y para evitar tener que hacer transbordo en Estados Unidos y jugármela a perder el siguiente enlace porque las colas que se montan en los controles son de impresión, fui desde Londres.

Hasta ahí todo fue bien, pero desde el momento en que subí en el avión las cosas se torcieron. Empecé a notar ciertos calambres por el bajo vientre y me puse a sudar. Tuve que ir corriendo al baño, me puse nerviosa; sabía por experiencia que estaban empezando los síntomas de una infección de orina, no había cogido las pastillas de Ciprofloxacino (un antibiótico que va muy bien) y tenía nueve horas por delante hasta llegar al aeropuerto McCarran. Solo de pensarlo los escalofríos fueron a más.

El tiempo pasaba y yo iba a peor, todas las señales eran de que aquella infección iba a ser de las que sientan precedente. Estaba tan inquieta y dolorida que solo me senté para el despegue y me quedé de pie, pegada a la puerta del baño. Solo los que han padecido esta dolencia saben por qué no puede ser de otra manera, aunque con eso solo se consigue que la vejiga se inflame más y cuando la orina se mezcla con la sangre, el dolor es indescriptible.

En uno de los momentos en que volví a mi asiento me puse a llorar, despertando, por supuesto, el interés de mis vecinos de vuelo: «Are you okay?», me preguntó el americano que estaba a mi lado. Como yo estaba de todo menos okay y no paraba de sudar, le dije que me encontraba mal y él, con el periódico en una mano y el suplemento en la otra, se puso a abanicarme y a llamar a las azafatas. Me trajeron agua, pero el agua así, a secas, no me iba a hacer mucho.

Entonces apareció un hada madrina, la señora que estaba al otro lado del pasillo. No llevaba antibióticos, pero sí unas pastillas para dormir. Mejor eso que nada; y como me explicó que eran muy suaves, por si acaso, me tomé tres. Estaba desesperada. A los quince minutos, o menos, me relajé y caí en un profundo sueño.

Cuando me desperté estábamos a punto de aterrizar y los síntomas habían mejorado, aunque todavía sentía un poco de calor y me di un poco de aire con el suplemento que mi vecino de asiento me había dejado.

De repente me sentí feliz, recordé que en la maleta llevaba una caja de Ciprofloxacino. ¡Me iba a recuperar!

La primera página y Patricia Highsmith

Serían cerca de las doce de la noche cuando llegué al hotel, me tomé una pastilla y me acosté. Pero a las cinco de la mañana el jet lag hizo de las suyas y se me pusieron los ojos como platos.

Decidí que le iba a echar un vistazo a la agenda del día y cogí el bolso. Allí, doblado por la mitad, se había quedado el suplemento que me había hecho de abanico. Pasé unas cuantas páginas y en una de ellas aparecía un artículo sobre Suspense, uno de los libros de Patricia Highsmith. Empecé a leerlo y así fue cómo descubrí dónde estaba mi fallo: en el principio.

Patricia Highsmith
Patricia Highsmith

Ella decía que en el primer párrafo, de no más de 30 lineas, ya tenías que ubicar al lector y dejarle claro de qué trataba lo que iba a leer: intriga, amor, infantil… Y si era de intriga, como era el caso, dejarle con ganas de saber más. Nada de contar la vida del protagonista porque, a esas escasas alturas del libro, no le interesa a nadie.

Conclusión: tenía que cambiar el primer capítulo y generar mayor curiosidad.

Durante el vuelo de vuelta, de la infección de orina ya me había olvidado, tuve tiempo de pensar y escribí:

«Desde que el escándalo estalló y saltó a los medios de comunicación, mi vida se ha convertido en una pesadilla. Todavía me pongo tenso al doblar cualquier esquina, temo que algún avispado esté ahí, esperando, dispuesto a abordarme. Pero lo peor ha sido el teléfono. Durante el año que llevo viviendo en Madrid nunca había recibido tantas llamadas tan impertinentes y poco interesantes como en los últimos meses; números irreconocibles en la pantalla de mi móvil se han sucedido sin tregua. Cuando aún no estaba acostumbrado al asedio y cual ingenuo corderillo apretaba el botón verde de aceptar, las preguntas golpeaban como puñetazos en mis oídos: «Subinspector Serra, ¿ha sido suicidio o asesinato? ¿Qué cree que pasará ahora? ¡Por favor, Manuel, no cuelgue!». Las primeras veces, antes de cortar la comunicación, tenía el detalle de decir tres palabras: «No estoy autorizado». Después, ni eso».

Me hubiese encantado preguntarle a la señora Highsmith si ese inicio le parecía bien, pero como era imposible, me lo dije yo a mí misma: «Así, sí».

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